¿Qué hace que un trabajo tenga sentido?
Muchas personas se han preguntado alguna vez si el trabajo al que dedican gran parte de su vida realmente sirve para algo. No todos construyen hospitales, producen alimentos o desarrollan medicamentos. De hecho, millones de personas trabajan en sectores que, si desaparecieran mañana, no pondrían en peligro la supervivencia de la humanidad.
¿Significa eso que esos trabajos son inútiles? Creo que no. Para responder a esa pregunta primero debemos entender por qué existen profesiones que cubren necesidades básicas y otras cuya función es satisfacer deseos. Comprender esta diferencia no solo nos ayuda a entender cómo funciona nuestra sociedad, sino también a reflexionar sobre el sentido que queremos dar a nuestro propio trabajo.
Desde hace más de 10.000 años, la humanidad ha aprendido a generar y conservar excedentes. Si una persona necesitaba diez unidades de comida al día para sobrevivir, pero era capaz de conseguir once, podía guardar esa unidad sobrante. Tras diez días de ahorro, tendría alimento suficiente para descansar un día sin salir a cazar o recolectar. Ese pequeño excedente fue el comienzo de algo mucho más grande.
Con el paso del tiempo, las herramientas, la tecnología y las nuevas formas de organización hicieron que esos excedentes crecieran cada vez más. Dejamos de producir únicamente lo necesario para sobrevivir y comenzamos a generar riqueza suficiente para dedicar parte de nuestro esfuerzo a actividades que no eran imprescindibles para la vida.
Gracias a ello aparecieron artistas, escritores, deportistas, músicos, diseñadores, desarrolladores de videojuegos, cineastas y un sinfín de profesiones cuya misión no es mantenernos vivos, sino hacer nuestra vida más agradable, interesante o entretenida.
Esto nos lleva a una primera conclusión: una sociedad solo puede permitirse dedicar recursos a satisfacer deseos cuando antes ha conseguido cubrir, en gran medida, sus necesidades.
Sin embargo, la frontera entre necesidad y deseo no siempre es evidente. El llamado efecto riqueza demuestra que aquello que hoy consideramos esencial puede dejar de parecérnoslo mañana. A medida que aumentan nuestros ingresos y nuestro nivel de vida, también aumentan nuestras expectativas.
Una persona que vive con 500 € al mes verá como un lujo muchas cosas que otra considera normales con 1.500 €. Del mismo modo, alguien acostumbrado a gastar 3.000 € al mes probablemente tendrá necesidades muy distintas de quien vive con menos recursos.
Por eso resulta peligroso establecer de forma objetiva qué es una necesidad básica y qué deja de serlo. Cada individuo construye esa línea según su experiencia y sus circunstancias.
Además, muchos productos y servicios cumplen ambas funciones al mismo tiempo. Una vivienda cubre una necesidad básica, pero una vivienda más grande, mejor situada o con mayores comodidades también satisface deseos. Lo mismo ocurre con un automóvil, un teléfono móvil o unas vacaciones. En casi todos los ámbitos existe una parte destinada a cubrir necesidades y otra orientada a mejorar nuestra calidad de vida.
Esta forma de entender la economía también cambia la manera en la que juzgamos nuestro propio trabajo. Muchas personas sienten que lo que hacen aporta poco a la sociedad porque no producen alimentos, energía o medicamentos. Sin embargo, si vivimos en una sociedad capaz de generar abundancia, también hacen falta personas que transformen esa riqueza en cultura, ocio, comodidad, belleza o experiencias.
Eso no significa que todos los trabajos tengan el mismo impacto social, pero sí que muchos de ellos solo pueden existir porque otros han conseguido generar previamente el excedente que los hace posibles. Lejos de competir entre sí, ambos tipos de profesiones se complementan.
En los últimos años, especialmente con el auge de la inteligencia artificial, se habla constantemente de productividad, innovación y crecimiento económico. Se critica a Europa por avanzar más despacio que otras regiones del mundo y se señala que una elevada presión fiscal o un exceso de regulación dificultan la aparición de empresas capaces de impulsar el progreso tecnológico.
Sin entrar a valorar si ese diagnóstico es correcto, creo que existe una pregunta más interesante: ¿qué tendría de malo que una sociedad libre decidiera voluntariamente no perseguir el máximo crecimiento posible? Probablemente perdería competitividad frente a otras, pero seguiría siendo una decisión legítima. Del mismo modo que una persona puede elegir trabajar menos para disfrutar de más tiempo libre, una sociedad también puede decidir qué equilibrio desea entre prosperidad y bienestar.
Y ahí reside, para mí, la reflexión más importante.
No deberíamos medir el valor de un trabajo únicamente por si cubre una necesidad básica o un deseo. Ambos existen porque vivimos en sociedades capaces de generar más de lo que necesitamos para sobrevivir. La verdadera pregunta no es si nuestro trabajo es objetivamente útil, sino si nosotros sentimos que contribuye a aquello que consideramos valioso.
Algunas personas encontrarán ese propósito investigando una vacuna; otras, enseñando en un colegio; otras, escribiendo una novela, diseñando un videojuego o haciendo reír a millones de personas. Ninguna de esas elecciones es universalmente superior a otra. Son formas distintas de emplear el tiempo y el talento que una sociedad próspera hace posibles.
Y si aun así sentimos que nuestro trabajo ha dejado de tener sentido, quizá la conclusión no sea que la profesión sea inútil, sino que ha llegado el momento de preguntarnos si estamos dedicando nuestra vida a aquello que realmente queremos aportar al mundo. La buena noticia es que, en una sociedad libre, esa decisión sigue estando
, en gran medida, en nuestras manos.



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